Opinión

Un oficialista y tres opciones opositoras por el cambio

Parafraseando aquella famosa paradoja de que la Argentina es un país en el que si te vas de viaje 20 días cuando volvés cambió todo, y si te vas de viaje 20 años cuando volvés no cambió nada, podríamos afirmar que si bien en la última semana del proceso de discusión de las candidaturas pareciera que cambió todo, en realidad todo terminó siendo tal cual se lo percibía desde finales del año pasado. Finalmente la elección presidencial se disputará entre Sergio Massa y los tres principales candidatos opositores: Horacio Rodríguez Larreta, Patricia Bullrich y Javier Milei.

Lo que tampoco cambió es el marco contextual de la elección, el de una sociedad reclamando mayoritariamente un cambio, y señales de que la Argentina comience a transitar un sendero de crecimiento y desarrollo sostenido en el tiempo que la saque de este letargo de los últimos 10 años. Tal es esa demanda de cambio, que esos cuatro candidatos buscarán presentarse como opciones de cambio con sus respectivos matices.

El matiz más complejo de interpretar será el del candidato oficialista. El desempeño del gobierno del Frente de Todos (FdT) viene siendo altamente desaprobado, no por nada el oficialismo decidió el cambio de nombre de su espacio. En ese contexto, Massa tendrá el desafío de intentar representar una opción de cambio siendo el candidato oficialista. Lo hará argumentando que todo lo malo ocurre por lo sucedido en los dos años y medio previos a su desembarco en el ministerio de economía. Agregará que el acuerdo alcanzado con el FMI por Alberto Fernández y Martín Guzmán es el origen del mal desempeño del FdT, y apelará a la guerra y a la sequía como calamidades. Lo difícil será convencer a la gente de ello, con una economía que no parece ayudarlo.

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Pero al margen de ello, el modo en que Massa llega a la candidatura no era el que él hubiera deseado. Esta surge luego de una accidentada negociación entre los miembros del oficialismo en el que no faltaron amenazas y traiciones. Pero la duda sobre si todos podrán tirar para el mismo lado luego de lo sucedido, es la menos preocupante para Massa. La pregunta más intrigante para el flamante candidato es saber si Cristina Kirchner se comprometerá con esta fórmula de candidatos siendo que ella no está representada allí. El problema principal para Massa es que al no tener un candidato de Cristina en la fórmula, los incentivos de los actores de Unión por la Patria quedaron desalineados, y el éxito de esta fórmula podría confirmar -inconvenientemente para la vicepresidenta-, que aquello de que "con Cristina no alcanza pero sin Cristina no se puede" era falso. Es un problema para Massa que a Cristina no le convenga que a la fórmula le vaya bien.

Por el lado opositor tenemos tres opciones de cambio que presentan interpretaciones y estrategias distintas de cuáles son los cambios necesarios y cómo hay que implementarlos.

Rodríguez Larreta cree y transmite que hay que hacer cambios profundos, pero pone el énfasis en que estos deben ser duraderos. En esta última parte de la interpretación, radica el origen de su estrategia. Su argumento es que si pretendemos cambios profundos y duraderos, debe haber amplios consensos políticos detrás de esos cambios. Hay un punto de fortaleza en ese argumento: si para poder producir cambios duraderos se requiere de consenso social, para lograr ello pareciera más recomendable el consenso político que imponer los cambios por la fuerza, más en este contexto social delicado de la Argentina. El problema que emerge allí es: ¿Cuál es el límite que impone ese consenso social a los cambios? ¿Está dispuesta la sociedad para hacer el esfuerzo?

Bullrich cree que a los cambios hay que imponerlos con fuerza y coraje. Algo así como que no vale la inteligencia de la estrategia para lograrlos, sino que vale la determinación. Contrapone a la firmeza de la voluntad de cambio la tibieza de intentar imponerlos por otra vía. Esta visión parece seductora para tocar nervios emocionales (los que se deben tocar para motivar el voto), pero pareciera encontrar una contradicción en el pasado reciente, particularmente en lo que le sucedió a su mentor Mauricio Macri. ¿Macri no pudo implementar los cambios porque fue tibio o porque no tenía fortaleza política (acuerdos políticos)?

Hay una interpretación extendida de que Macri pecó de gradualista, pero mucho menos extendido está el análisis de que ese gradualismo fue la consecuencia de su condición de debilidad política: poseía un tercio de Diputados y un quinto de Senadores. El problema para Bullrich es que Macri verifica que más que fuerza y coraje, lo necesario para producir los cambios es la fortaleza política, es decir acuerdos políticos amplios que den sostén a los cambios.

Finalmente está Milei, la expresión nueva de la política. Alguien que paradójicamente propone los cambios más radicales, pero que ofrece las condiciones políticas menos propicias para siquiera hacer cambios graduales. Milei deja expuesto con mucha transparencia que el funcionamiento del sistema político no depende de la voluntad de un presidente, sino de su fortaleza política, que se logra construir en el tiempo y no de un día para otro. El problema de Milei es que será tan débil su condición política, aún ganando por amplia mayoría esta elección, que la estrategia de cómo realizaría los cambios que propone (plebiscitariamente), suena inconsistente e impracticable.

En resumen, la gente demanda cambio y la oferta electoral disponible se reduce esencialmente a cuatro opciones de cambio distintas. Opciones que pareciera que se ordenan de cambios menores a cambios radicales (desde Massa a Milei), pero que se ordenan inversamente de cambios imposibles de implementar a cambios posibles de realizar (de Milei a Massa). La sociedad determinará qué dosis de cambio está dispuesta a tolerar y qué tipo de estrategia de cambio cree que es la más conveniente para que esos cambios puedan producirse efectivamente.

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