Opinión

Mega DNU: ¿mal método o una buena estrategia?

El rasgo más sobresaliente de la nueva escena política es esa dramática asimetría que se observa entre los escasos recursos políticos disponibles por las nuevas autoridades políticas surgidas del proceso electoral, y la magnitud del desafío económico que hay delante por resolver. Se trata de una asimetría dramática, porque esa debilidad política reduce preocupantemente los márgenes decisionales de quien tiene que resolver el desafío económico.

Pero también es dramática porque está claro que acá el problema no es acertar en el diagnóstico (todos sabemos más o menos lo que le pasa a la economía), el problema es tener la fortaleza política y la firmeza para aplicar los tratamientos que se requieren aplicar frente a este tipo de diagnósticos. Porque para colmo de estos males, no sabemos si el paciente (la sociedad) está en condiciones de soportar esos tratamientos requeridos por este tipo de patologías, lo que podría precisar de mucha fuerza de voluntad política para aplicarlos.

La intención de Javier Milei de tomar buena parte de las decisiones que quería tomar mediante un Decreto de Necesidad y Urgencia, es una forma de resolver esa estrechez de márgenes decisionales que padece. Con esta decisión de utilizar este instrumento de uso excepcional, Milei está sorteando el escollo de la debilidad política que lo condenaba a buscar consenso político. Una actitud entendible desde lo político, pero que abre múltiples interrogantes sobre su apego al orden institucional.

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Uno puede evaluar la acción política de un hombre según múltiples planos: si alguien está haciendo lo que quiere, si está haciendo lo que debe o lo que puede, o si está haciendo lo que le conviene. Respecto del primer plano, está claro que Milei está haciendo lo que quiere hacer. Si hay un punto de fortaleza política en las decisiones que ha venido tomando al inicio de su ciclo, este es el hecho de estar haciendo cosas que dijo que iba a hacer.

Quizá el déficit viene por las cosas que dijo que iba a hacer y aún no hizo (dolarizar, cerrar el banco central, bajar impuestos, etc.). Pero en todo caso, siempre abogó por reducir el nivel de incidencia del Estado en la vida cotidiana de la gente y este plan de desregulación económica ahonda mucho en ese sentido. Representa muy bien el espíritu del norte al que Milei pretende orientar su programa de gobierno.

Los problemas arrancan al analizar si está haciendo lo que debe hacer o lo que puede hacer, que son dos cosas distintas, pero que ambas tiene una naturaleza axiológica. ¿Está bien que Milei haga esto? ¿Es lo que debe ser? ¿Es lo que puede hacer? Aquí se abren múltiples interrogantes sobre la naturaleza de las facultades legislativas del poder ejecutivo, tema sobre el cual los constitucionalistas se han expedido en todos estos últimos días.

Pero no deja de ser interesante la estructura de la argumentación política que el oficialismo ha expresado: hay condiciones de necesidad (la crisis económica), y de urgencia (la casta política va a bloquear o demorar estas decisiones). El primer punto es objetivamente demostrable pero subjetivamente discutible: ¿qué nivel de crisis económica habilita a sortear trámites ordinarios previstos por la Constitución para la sanción de las leyes? El segundo es aún más interesante, porque denota el problema de fondo, que es la falta de mayorías del oficialismo en el Congreso. Si Milei tuviera mayorías, seguramente enviaría todas estas decisiones en formato de leyes para aprobarlas de manera urgente, como sabemos se aprueban determinados paquetes de leyes cuando se tienen mayorías.

En definitiva, es muy discutible si este es el modo en que debe actuar o que puede actuar Milei para tomar decisiones. Nuestro orden institucional establece otros procedimientos para tomar este tipo de decisiones (leyes), y la excepcionalidad allí prevista (dotar de ciertas facultades legislativas al Poder Ejecutivo) requiere de fundamentos sólidos para evitar que ello se transforme en un abuso sistemático que desvirtúe la forma republicana de gobierno.

Pero quizá le mejor explicación del modo en que Milei está actuando tiene que ver con el último plano de abordaje para reflexionar sobre su accionar, el de la conveniencia. Independientemente de si quiere, si debe o si puede actuar de esta forma, la misma le resulta muy conveniente. En primer lugar porque impulsando cambios profundos al inicio de su mandato, estará satisfaciendo una demanda en ese sentido que es la que lo depositó en la Casa Rosada.

En segundo lugar, porque si hay un momento en que se puede intentar forzar la legitimidad de origen para tratar de tomar decisiones de este modo, ese momento es ahora y no en un par de meses donde el potencial desgaste de su popularidad, producto de las tareas que hay que hacer, lo limiten para actuar mucho más que ahora.

Y en tercer lugar, porque aun fracasando (si finalmente alguno de los otros dos poderes le quiten la vigencia al DNU), podrá lograr dos objetivos: 1) transmitir cuál es el programa económico que desea perseguir (instalación de su agenda), y 2) dejar expuesta las limitaciones que lo aquejan para la toma de decisión, relativizando la crítica hacia su eventual fracaso. Si las cosas no le salen, podrá argumentar que no le salieron porque la oposición no lo dejó gobernar.

Pero claro que su conveniencia no legitima la acción. Y por ello nos resta saber si lo que tenemos por delante es un método elegido por Milei para tomar decisiones o una estrategia. Si fuera un método, sería un mal método que pudiera sentar un precedente poco republicano del proceso de toma de decisiones, más propio de un ejercicio autocrático del poder. Si fuera una estrategia para fijar posición y luego negociar desde un lugar de mayor fortaleza, podría ser discutible pero una opción ciertamente inteligente de involucrar a la opinión pública en la discusión de los temas de fondo. El paso del tiempo nos dirá si se trata de un mal método o de una buena estrategia de negociación, un error o un acierto.

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