Opinión

Los costos de gobernar sin liderazgo

Si hay un cimiento sobre el cual está construido el edificio de la teoría política liberal occidental moderna, es decir, el modo de organización política de las sociedades que integramos en este lado del planeta, es el de reconocer que la única forma de controlar al poder, es ponerlo a controlarse a sí mismo. Como nos legó Montesquieu en su clásico El Espíritu de las Leyes, "todo hombre que tiene poder se inclina por abusar del mismo, va hasta que encuentra límites. Para que no se pueda abusar de este hace falta que, por la disposición de las cosas, el poder detenga al poder. Como el poder encuentra un límite en el poder, la forma de controlarlo es dividirlo en partes que se controlen entre sí". 

La disputa política transcurre habitualmente discutiendo la decoración del edificio, sus terminaciones, incluso alguna reforma parcial del mismo, pero nunca debe discutir los cimientos del edificio, porque no hay forma de modificar los cimientos sin derribar todo el edificio. Algo de esto último pareciera haberse asomado en el intento (finalmente sólo verbal) del gobierno nacional de desconocer un fallo de la Corte Suprema de Justicia sobre los recursos coparticipables que el Estado nacional le debe enviar a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Discutir la naturaleza de la división de poderes (incumplir un fallo de la Corte Suprema), y su legitimidad (a los jueces no los vota nadie), es intentar destruir los cimientos del edificio en el que todos habitamos. El intento de incumplimiento del fallo terminó en una amenaza. 

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El presidente, en una estrategia sólo dilatoria ya que no hay forma procesal para revertir un fallo de la Corte, anunció que instruyó a los abogados del Estado nacional a presentar los recursos que se puedan presentar en queja al fallo (revocatoria "in extremis" y recusación de los jueces). Al tiempo que anunció que instruyó a la Jefatura de Gabinete para que cumpla con el fallo, del modo que sea presupuestariamente posible. Es decir, un recule en relación a lo insinuado originalmente. El corolario de esta escena es que el gobierno termina pagando los costos de recular (haciendo lo que hay que hacer), habiendo pagado primero los costos de amenazar con el desacato (no hacer lo que hay que hacer), y termina transformando este episodio, en una buena síntesis de lo que fue este ciclo del Frente de Todos (FdT): un Gobierno sin liderazgo y carente de una estrategia inteligente de actuación. 

La ausencia de liderazgo está expuesta en la dificultad que siempre tuvo el presidente de liderar la coalición, de ser la instancia resolutiva por sobre las diferencias. Posiblemente la decisión final de acatar el fallo está más en línea con lo que Alberto Fernández pretendían hacer desde un comienzo. Pero el presidente no pudo imponer esa decisión frente a los gobernadores que, encabezados por Jorge Capitanich (¿Cristina?), le pedían desoír el fallo. Una vez más, Alberto fue un administrador de la unidad. Alguien que, por poner la unidad por sobre la orientación de la decisión, terminó siempre renunciando a liderar la coalición de gobierno. Esa falla de origen del FdT, se debe a una curiosa interpretación que tiene el presidente de su legitimidad de origen. Él cree que su fuente de legitimidad primaria está en la unidad del peronismo, y no en la elección de octubre de 2019, porque fue la unidad del peronismo la que permitió los votos posteriores. Por ello siempre interpretó que debía poner por encima de todo el cuidado de esa unidad, lo cual significaba renunciar a lidera la coalición, en detrimento de ser un administrador de la coalición. 

Al ser un administrador, Alberto Fernández nunca fue una síntesis ni una expresión armonizadora de las diferencias de la coalición, sino su traducción literal. Sin liderazgo, esas diferencias nunca pudieron ser metabolizadas, sino que quedaron expuestas en todo momento, en todas las decisiones. Mejor demostración de ello fue la votación dividida del acuerdo con el FMI en el Congreso. No tener liderazgo no fue gratis. La consecuencia fue carecer de una estrategia inteligente de actuación. Desinteligencias que nuevamente se vieron expuestas en este episodio de la Corte Suprema. Los gobernadores le impusieron una decisión que expuso a toda la coalición y al propio Presidente, sin tener ellos responsabilidad institucional sobre lo que recomendaban. Tal fue así que cuando se pensó en términos operativos cómo se efectivizaría el incumplimiento del fallo, aparecieron los problemas: nadie quería asumir la responsabilidad penal de lo actuado. 

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De ese modo, la reacción del Gobierno careció de toda inteligencia: amenazó con radicalizarse, reculó portándose bien, sin dejar a nadie contento. Ni a los ajenos (a los que les dio razones para la queja), ni a los propios (a los que les mostró debilidad para sostener una posición). Para ejercer el liderazgo tiene que haber un mínimo proceso de centralidad de la toma de decisiones, más aún en contextos desafiantes, en donde esa centralidad tiene que ser mayor. Pero para lograr esa centralidad, tiene que haber legitimidad (reconocimiento) de los miembros de la coalición hacia el liderazgo. Gobernar sin liderazgo, o sin alguien que pretenda asumir el liderazgo fue realmente costoso para el FdT. Produjo mala calidad de las decisiones tomadas y afectó la inteligencia (la armonía) del conjunto de decisiones de gobierno. 

En momento donde se avecinan las elecciones presidenciales, vale la pena recordar aquello que dijo alguna vez Jack Welch, el ejecutivo que llevó a la General Electric a convertirse en la compañía más valiosa del mundo: "el líder no existe para hacer que todo el mundo sea feliz, sino para liderar". Sería bueno que las coaliciones no elijan a alguien para dejar a todos contentos, sino a alguien que las lidere. Porque los desafíos que vendrán, requerirán de más liderazgo que el que hemos visto hasta aquí.

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