Opinión

Las peleas internas, más relevante que las externas

A lo largo de la historia, numerosos autores han identificado la naturaleza del poder como relacional, entendiendo que no hay poder si no hay al menos dos sujetos cuyos intereses en algún punto entran en contradicción. Siendo el poder un componente intrínseco de todo proceso político, podemos afirmar que la naturaleza de ese proceso está determinada por el modo en que se da la relación entre los actores que lo protagonizan. Algo así como sostener, en resumida cuenta, que en política la realidad de uno está determinada por la realidad del otro.

Algo de este enfoque ayuda a comprender aspectos esenciales del actual proceso político, que presenta algunos rasgos estructurales que condicionan la realidad de los actores que lo animan, como la realidad del actual proceso económico. Nuestra economía, agotada de desequilibrios, hoy le ofrece al oficialismo un estrechísimo sendero entre tener que hacer lo mínimo necesario para que las variables no se descontrolen, y poder hacer lo máximo posible para mejorar las chances electorales del gobierno para 2023.

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Los límites entre lo deseable (estimular la economía de cara a la elección) y lo posible (la necesidad de ordenar las variables de la economía para que no estalle) han dejado al gobierno sin demasiado margen de acción, y ello lo condiciona de cara a la elección presidencial. Sobre todo, porque se ha vuelto una realidad que Alberto Fernández no podrá cumplir el mandato económico recogido en 2019, y posiblemente el oficialismo lo pague en las urnas, como anticipan los bajísimos niveles de competitividad del oficialismo que venimos registramos en nuestros estudios.

Entendiendo entonces al poder como relacional, está marcada debilidad electoral del oficialismo condiciona tanto al oficialismo como a la oposición, y produce una curiosa paradoja: para los dos principales espacios en pugna se volvieron más relevantes sus internas que la pelea externa.

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La situación del oficialismo es tan delicada que, si uno toma los pronósticos electorales y los proyecta hacia 2023, va a observar que el peronismo enfrenta la amenaza de quedar, por primera vez desde 1983 para acá, con menos de 100 bancas en la Cámara de Diputados. De no sacar más del 33/34% de los votos, le será extremadamente difícil alcanzar las 50 bancas que necesita obtener para mantener un bloque legislativo de más de 100 bancas.

Esta realidad condiciona la discusión interna. No es lo mismo repartir ganancias que repartir pérdidas. Y si toca ser oposición en 2024, quien pretenda asumir ese liderazgo opositor una vez producida la derrota, pretenderá que los legisladores que ingresen al Congreso sean de su extrema confianza. Algo de eso deslizó Máximo Kirchner esta semana en su entrevista con Roberto Navarro, cuando recordó "nosotros traemos una experiencia, después de las elecciones del 15 (...) el peronismo pierde 35, casi 40 diputados nacionales, que se van".

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Aún sea para perder, el oficialismo necesitará una estrategia, y de no mediar cambios en materia económica (tal como lo prevé el mercado), la estrategia dominante para el peronismo será despegarse de la malograda gestión de Alberto Fernández. La diferenciación de los resultados de este ciclo se vuelve esencial para su estrategia electoral. La dinámica interna será parte importante de la estrategia para la pelea externa, y muy probablemente haya que utilizar a Alberto Fernández (y a su ministro Martín Guzmán) como chivo exculpatorio del incumplimiento del mandato económico. Ello los lleva naturalmente al resto de los integrantes del oficialismo a tensionar y a buscar diferenciarse del presidente.

Pero esa debilidad del oficialismo también condiciona a la oposición. La insinuación de que el triunfo opositor está consagrado por los condicionantes económicos, lleva a todos los aspirantes de Juntos por el Cambio a pensar que es más importante la pelea interna que la pelea externa, que el que gana la interna, gana la externa.

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De este modo cada uno se encierra en su estrategia individual de diferenciación con sus competidores internos, pero a costa de perjudicar la estrategia colectiva del espacio, ya que se ven más las diferencias que las similitudes de quienes forman parte de un mismo espacio. Ello deja expuesta a una fuerza que pareciera no poder transmitir que vaya a ser capaz de gobernar mancomunadamente. La estrategia del espacio pierde inteligencia y queda presa de las estrategias individuales de sus aspirantes. ¿Si tan distintos son, cuál es el atractivo de verlos Juntos?

En este contexto de tantas diferencias internas, ¿puede sobrevivir el bicoalicionismo? Todo depende de qué mecanismo o método se utilice para resolver estas tensiones internas. Y allí es donde la PASO (siendo que se use o siendo que se acuerde no usarla) se vuelve un mecanismo esencial, que ha logrado darle forma a este bicoalicionismo.

La legitimidad que otorga el hecho de que haya un mecanismo democrático para resolver las diferencias, ha permitido la agregación de las diferencias y la conformación de estos espacios heterogéneos en su interior. Por ello su permanencia sería esencial para preservar cierto orden en el sistema político. Su derogación podría provocar una implosión del bicoalicionismo y dejarnos un escenario hiperfragmentado donde cada uno decide ir a comprobar cuánto vale políticamente en la elección general, para luego sentarse a disputar poder y espacios de poder.

Por ello, en un contexto donde la sociedad y la dirigencia política están fragmentada en diferentes grupos que demandan cosas distintas y donde la Argentina necesita que nos pongamos mayoritariamente de acuerdo en un rumbo, la subsistencia de la PASO se vuelve vital. No porque el bicoalicionismo sea la solución a nuestros problemas -de hecho aún no lo fue-, pero sí porque un escenario político aún más fragmentado podría ser aún menos propicio para que la política se ordene y pueda resolver los desafíos económicos que la Argentina tiene por delante.

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